Parte 2: «Las muertes de Deisy Toussaint»

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Dos veces he muerto en mi vida. Una con dos años en el 1989 y otra con veinticuatro en el 2011.

Finalmente perdió la batalla. Así terminamos la primera parte de Le morti di Deisy Toussaint el pasado jueves 2 de septiembre y hoy continuamos con:

En mi cabecita rapada permanecían las marcas de catorce sueros y sesenta y cuatro inyecciones, según cuenta mi madre, que tal vez terminarían provocando varias arritmias o incluso paros cardíacos, que a la prostre me llevaron a la muerte.

En el velorio, entre pésames y condolencias, la gente miraba conmovida mi cadáver en el interior de aquella cajita blanca.

Mis padres, ( ) destrozados, me velaban en medio de la conmoción sin terminar de aceptar su realidad. Mamá miraba y miraba mi imagen en busca de un indicio imposible que desmintiera todo aquello.

Alguien mientras, se ocupó de los trámites de mi entierro. Y luego de algunas reticencias por las pocas horas transcurridas desde la defunción, se concertó para las cinco de la tarde. La razón era aplastante, postergarlo hasta el día siguiente habría provocado los primeros síntomas de descomposición. Insufrible para los míos.

A la hora de cerrar la caja, mi madre se desgarró en llanto aferrada al pequeño féretro. Hubo que aunar fuerzas entre varias mujeres para arrancarle de su crispado abrazo.

Como la situación económica no daba para realizar una ceremonia en funeraria, decidieron trasladarme en una ambulancia a mi casa donde me velarían hasta la hora de continuar el funesto recorrido al cementerio. Allí se me enterraría a la hora convenida, y me darían el último adiós.

Se lloró mucho. Si bien todos los velorios son tristes de por sí, al tratarse de una criatura el dolor cobra verdadero protagonismo y ni si quiera deja brecha a chismes, comentarios maliciosos o incluso las chanzas típicas en otro tipo de sepelios. Allí los sollozos se sentían sinceros y las lágrimas espontáneas. El afligido domicilio se inundó de un ambiente denso, lento y grave, donde las penas eran sentidas, las

condolencias francas y la conmoción latente, evidenciada incluso en los tipos más duros e indolentes del barrio.

Y la hora llegó. Alguien conminó a cerrar definitivamente la caja para el traslado a su última morada. Mi madre lo impedía obstinadamente y tuvieron que volver a arrancarla del pequeño féretro. Por lo que dicen, hubo gritos, desmayos; casi una histeria colectiva. Los más serenos untaban alcohol en pañuelos y se los daban a oler a las mujeres más afectadas; algunas, en cuanto se reanimaban volvían a sucumbir bajo tamaño influjo de dolor.

Llegó un momento en el que mi madre cayó en una especie de letargo en el que solo emitía un lamento constante, algo así como un susurro ronco… fue entonces cuando aprovecharon para cerrar aquel ataúd diminuto, sacarlo a la calle e introducirlo en la ambulancia que me llevaría al camposanto Cristo Salvador de la carretera San Isidro, en Santo Domingo Este.

Dos vecinas incorporaron como pudieron a la pobre mujer, para comprobar que de improviso una bestial fuerza irrumpía desde sus entrañas impulsándole a salir corriendo, pidiendo, implorando, suplicando, gritando a todo pulmón que abrieran la caja. Nadie sabía qué hacer ante tal determinación, ni siquiera mi padre. Nadie se atrevía a opinar. Y tuvo que ser mi tío Martín ( ), el único que mantenía un poco de entereza, quien decidiera permitir a mi madre que le dejaran ver a su hija por última vez. Abrieron de nuevo el féretro y allí, en aquel interior blanco y mullido, ella debió sentir, intuir algo; un hilo de esperanza, un halo de vida…

Mis párpados se movieron.

Sus plegarias habían sido oídas y no dudó un instante; me cargó y corrió conmigo a toda prisa. Para cuando los presentes, desconcertados, quisieron reaccionar, ya ella había ganado suficiente distancia con su hija en el regazo. Recelosa de que se la quitaran y la devolvieran al ataúd, se dirigió a toda velocidad calle abajo hasta que abordó un carro público gritando que su hija no estaba muerta, que la llevaran al hospital. Los pasajeros azorados se apearon y cuenta mi madre que el chofer, luego de un vistazo rápido a mis ojitos trémulos, en una excesiva torsión hacia el asiento de atrás, tomó mi carita con una mano remeneando con cierta brusquedad para confirmar que no estaba muerta.

Un rugido de motor y el chirriar de las ruedas en el asfalto convirtieron de pronto a aquel trasto, en un bólido, y al chofer en un piloto de pruebas que aceleraba con temeridad entre el tráfico, contraviniendo casi todas las normas del código de circulación, provocando que unos instantes después una patrulla de policía iniciara una cinematográfica persecución en la que detrás ya corrían haciendo cola varias motocicletas, algunas con familiares o vecinos que las habían abordado casi en marcha, otros consiguieron subirse en la ambulancia que se sumaba con sirena y todo a la persecución, el resto corría lo que le daban de sí las piernas hacia la calle principal tratando de parar algún vehículo, y por lo que cuentan, hasta varios perros se unieron a

la zaga del estrafalario cortejo del que, por cierto, mi padre, no pudo participar ya que sufrió un vahído en cuanto se inició aquella alocada e insólita carrera.

El resto no es trascendente: urgencias, reanimación y estabilizadores del ritmo cardiaco… ¿El diagnóstico? Un ataque de catalepsia en el que mis signos vitales habían descendido tanto que terminaron burlando el estetoscopio del médico de guardia. Y de no ser por la intuición y tenacidad de mi madre, bien hubiera podido despertar del trance estando ya unos cuantos pies bajo tierra.

Como nota anecdótica puedo añadir que no hace tanto tiempo, llegaba de la universidad a casa y mi madre, en cuanto me vio entrar se dirigió sollozando a un señor para mí desconocido, asegurándole que yo era la niña… El hombre, incontenible, también empezó a llorar… y yo, aún sin conocer la razón, terminé uniéndome a aquel encuentro plañidero sin saber a cuento de qué. Cuando se tranquilizaron un poco, comprendí que el desconocido en cuestión era aquel chofer trasgresor que me condujo temerariamente al hospital, y que había estado indagando por el barrio hasta dar con nosotras, veintitantos años después de aquella primera muerte.

Luego mi vida continuó con cierta normalidad; bueno, toda la que mi aprensiva madre permitió, ya que desde mi “resurrección” me cuidaba como si fuera de porcelana.

Después de este episodio, mi padre se fue a vivir a la parte francesa de la isla de San Martín (Antillas menores) en busca de mejor fortuna, era a finales del 1989. Mi madre se quedó sola en Santo Domingo, con cinco niños que criar, sin muebles, sin nada, pero conforme. Tenía de vuelta a su niña.

Durante el primer año, mi padre mandaba dinero, ropa y medicamentos; incluso enviaba la leche especial que yo debía tomar mientras me recuperaba y aprendía tardíamente a andar en largas sesiones de rehabilitación. Pero luego comenzaron a pasar los meses… que se convirtieron en años sin que escribiera sus acostumbradas cartas, sin que nos llegara ninguna ayuda, sin que supiéramos de él. Simplemente desapareció de nuestras vidas.

Entonces no podía saber que mi madre lloraba todas las noches, no sabía qué hacer para sacar sus hijos adelante; viviendo de alquiler, sin una profesión y siendo haitiana, motivo por el cual siempre fue rechazada por la familia de mi padre, su carga era realmente pesada y su situación desesperante. Solo le daba fuerza recordar las palabras de su padre fallecido “Un Toussaint no llora”.

Fuente: Deisy Toussaint
Revista AfroHispanic Review (EEUU)

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